martes, 23 de marzo de 2010

Pónganle nombre

El año 1869 dio testimonio del nacimiento en un modesto pueblo dentro de los límites del estado de Hidalgo. Entre juegos infantiles y horas de estudio se hizo joven el niño de “ojos grandes, expresivos y fisonomía inteligente”, desarrollo dos cualidades que brotaban en él de manera natural: facilidad para la aritmética y devoción por la lectura. Con ambas virtudes, el camino hacia el Colegio Militar se abrió ante sus ojos, y en 1898 era considerado el oficial más inteligente y culto del ejército mexicano.

Militar humanista. Se le veía con frecuencia recorrer los pasillos del Castillo de Chapultepec con su característico “aire meditativo” cargando sus libros y manuales del arte de la guerra, siempre con algún clásico de la literatura o del pensamiento universal: Platón, Montesquieu, Rousseau, Maquiavelo, entre otros. “Me encantaba andar en su compañía – escribiría un oficial años más tarde – y escuchar sus pláticas, que más bien eran cátedras formidables. Era una universidad ambulante.

Profesor de matemáticas, balística y mecánica analítica en el Colegio Militar, la gran pasión de su vida fue el dominio de la más científica de las armas: la artillería. A su juicio, el disparar un cañón no era la burda conjunción de fuego y destrucción, era la ciencia que encontraba su máxima expresión en un tiro parabólico, liberador de ideas y de sueños.

La Revolución de 1910 lo sorprendió en Europa mientras realizaba estudios de especialización en artillería. Solicitó - sin éxito -, permiso para regresar a México a combatir a los rebeldes. El gobierno porfiriano decidió mantenerlo en el viejo continente, desde donde volvió en 1912, en pleno régimen maderista.

Si Francisco I. Madero veía en todos los hombre su propia capacidad para “amar al prójimo” de ahí su confianza casi ciega, aun a sus enemigos, su relación con este personaje vino a confirmar su fe inquebrantable. Quizá ningún otro personaje de la revolución fuese tan semejante a Madreo en términos de humanismo.

En febrero de 1913 Madero bebió el amargo cáliz de la Decena Trágica, nuestro personaje estuvo cerca de Madero varios días; vieron transcurrir las horas lentamente y se percataron de cómo se escapaba la vida entre sus manos a pesar de la promesa de Huerta. Se conmovió al escuchar el casi imperceptible llanto de Madero, luego de enterarse del brutal asesinato de su hermano Gustavo.

Los últimos instantes de madero marcaron para siempre a nuestro personaje. A partir de 1913 su discurso sería maderista apoyado en las armas pero en caso estrictamente necesario.

Se une al villismo y al ser derrotados por las fuerzas obregonistas en 1915 decidió abandonar el país y marcho a los Estados Unidos, de donde regresaría, a finales de 1918, transformado había decidido cambiar el rugir de los cañones por la voz de la razón.

“Vengo en misión de paz, comenta en 1919. Vengo a buscar la manera de que cese esta lucha salvaje que consume al pueblo Mexicano, unificando en un solo grupo a todos los bandos políticos que existen en la actualidad en el suelo de la república, sin distinción de credos.”

Con la “genial caballerosidad y atención que le caracterizaba”, intentó persuadir a Villa de formar una alianza con viejos revolucionarios que se encontraban en el extranjero perseguidos por Carranza, e incluso con el mismísimo “viejo de la barba florida” - como solía referirse a Carranza. El objetivo común debía ser la paz de la república y la instauración de un régimen democrático, respetuosos de las garantías individuales.

Víctima de una traición, fue capturado por las fuerzas carrancistas y llevado a Chihuahua para ser sometido a juicio sumario, Carranza ya lo había condenado desde 1914 cuando éste sigue a Villa tras el rompimiento revolucionario.

Enterado de su sentencia, dedicó las últimas horas de su vida a su pasión por la lectura. Releyó algunos pasajes de Vida de Jesús de Renán, escribió una breve carta a su adorada Clarita, confiando en que sus hijos, en un futuro no muy lejano, amarían a su patria. Es fusilado y la revolución había devorado a uno de sus mejores hijos.

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